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Autor: Hno. Miguel Ángel Moreno Montoro Administrador Centro Evangélico Maranatha Orizaba, Ver. México
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Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia. Mateo 10.8
EL MAYOR DE LOS REGALOS
La palabra gracia significa del griego “regalo, dádiva” o “don” y en el contexto de la vida cristiana se entiende como el regalo inmerecido de Cristo al dar su vida en rescate por nosotros y, a los que somos de Cristo se nos pide que hagamos lo mismo y que lo hagamos por otros, sobre todo por quiénes no conocen a Dios; dar gracia estar dispuestos a dar lo que no se merece, indudablemente eso es algo que pocos están dispuestos a hacer.
Pongamos en perspectiva un ejemplo de gracia.
Si estuvieras en tu iglesia y entrara una mujer prostituta y se sentara a tu lado, ¿sonreirías? ¿Le ayudarías a buscar las citas de la Biblia? Si fuera obvia su necesidad, ¿le llevarías a tu casa? ¿Compartirías tu alimento con ellas? ¿Le permitirías dormir en tu cama?
Hasta acá las preguntas parecen fáciles de contestar. Sigamos:
¿La integrarías a tu círculo familia? ¿Le permitirías relacionarte con tu familia más cercana? ¿Aceptarías que tuviera una relación con uno de tus hijos universitarios? ¿Estarías de acuerdo que fuera la madre de tus nietos?
Y, cuando muchos de nosotros llegaríamos a nuestro límite antes de la última pregunta y sacaríamos la gracia de nuestro corazón para la mujer de este ejemplo, Cristo sonreiría al mirar en su árbol genealógico a Rahab la ramera de Jericó y sonreiría aún más con orgullo al saber que sin ella, su estirpe no pudiera haber existido.
¿Entendemos ahora los profundos alcances de la gracia?
Cada vez que adoremos a Dios, cada vez que te encuentres en la presencia del pan y del vino que nos recuerdan el sacrificio del Señor, medítalo bien y piensa: “No lo merezco”. No lo mereces tú, no lo merezco yo. Todos los días nuestra mente evade la voluntad de Dios y busca la manera de hacer lo que nosotros deseamos, jugamos con nuestra imaginación a lo que podría pasar alejándonos de Dios y en muchos casos lo hacemos sin dudar, reconocemos nuestros errores o deficiencias de carácter y decimos: “Soy un soberbio” pero no hacemos nada para cambiarlo.
Definitivamente, no merecemos la gracia y si esto nos ha hecho pensar en adorar mejor a Dios, convirtamos la adoración en hechos, dándole gracia a este mundo aún a pesar de que seguramente obtendremos su desprecio. Lo mismo paso con el Señor.
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