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Estudios bíblicos

Psicología y reflexión

Madurez espiritual

 

 

 

 

Autor:

Hno. Miguel Ángel

Moreno Montoro

Administrador


   


 

 

 

 


NO CRECÍAN EN CORINTO

 

Cualquier definición de lo que es madurez, apunta a una condición a un estado que se refiere a que una persona o una cosa han alcanzado su mejor desarrollo y, por lo tanto, están listos para que se pueda obtener el mejor provecho de ellos.

 

Bajo esta definición, es natural concluir que, en el plano espiritual, Dios desea que sus hijos alcancen la madurez el mayor tiempo posible y que, esa condición alcanzada se convierta en una posición permanente que se conserve y se cultive ya que, de esta manera, Dios puede obtener el mayor provecho posible de nuestras vidas.

 

En la iglesia de Corinto había un serio problema que tenía que ver con la falta de amor y con el mal uso y entendimiento que se daba al ejercicio de los dones espirituales. En esta iglesia, los problemas que Pablo el apóstol ataca, parecen provenir del mismo problema: la falta de madurez. En esta iglesia, los congregantes tenían conocimiento, pero no tenían madurez, no habían crecido; de manera espiritual a pesar de ser miembros de una iglesia, no habían alcanzado el crecimiento interior suficiente como para poder dar lo mejor de sus vidas a Dios y, en consecuencia, le estaban dando lo peor.

 

 

COMO VEÍA PABLO A LA IGLESIA

 

 Hablando de la preeminencia del amor (superioridad), Pablo dirige las siguientes palabras a la iglesia en Corinto:

 

Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; más cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño

1ª. Corintios 13.11

 

Pablo claramente parece hacerle entender a los corintios que, los dones espirituales son una arma de Dios para llevar a la iglesia de la infancia a la madurez y, que, una vez que esta se alcanza, no deben ser los dones la meta predominante en nuestra vida.

 

De esto hay mucho más que aprender. Pablo nos deja ver que, lo contrario a la madurez, la inmadurez se ve en tres cosas: el pensamiento, el juicio y las palabras por lo que, en estas tres cosas podemos encontrar la mejor manera de saber si alguien o nosotros mismos nos estamos desarrollando en los caminos de Dios, y esto, no es para nada algo superficial. Los creyentes que no nos desarrollamos en la plenitud de Dios, además de que no somos colaboradores para el crecimiento de nuestra iglesia, no nos desarrollamos y esto hace que nuestra vida sea una acumulación de cosas que a Dios no le agradan y que tarde o temprano saldrán a flote en el momento que no lo esperamos para terminar alejándonos de Dios.

 

Esa condición de falta de desarrollo interior, debe ser algo que los creyentes no debemos tomar a la ligera. No pensemos que, nuestra falta de consagración se curará por si sola o que el tiempo la traerá a nuestra vida. La inmadurez, empieza a desaparecer cuando estamos decididos a seguir un camino del cual estamos seguros nos dará la mayor plenitud de vida posible. Vigilemos nuestros pensamientos, nuestro juicio y nuestro desarrollo para que la inmadurez se aparte de nosotros.

 

 

LA INMADUREZ APARECIENDO

 

La falta de desarrollo se mira en la dependencia (1 Tesalonicenses 2.7). La persona inmadura necesita más cosas aparte de Dios para poder subsistir. Además de ello, Proverbios 22.15 afirma que las personas inmaduras, son personas necias que se resisten a dejar que otro punto de vista los complemente o corrija.

 

Otra característica de la inmadurez es la inestabilidad (Efesios 4.14), es la falta de seguridad en la posición que se tiene con la consecuente facilidad de poder ser movido hacia cualquier otra posición de palabra o pensamiento. Por su parte, Mateo 18.1-5 nos enseña que, la inmadurez va acompañada de una seria falta de humildad y humillación.

 

Lo anterior no es lo único sobre lo cual reflexionar. Proverbios 22.6 nos enseña que la persona inmadura es una persona que siempre está necesitando ser instruida, nunca acaba de aprender. A lo anterior, podríamos añadir cuatro características más: la inmadurez se refleja en una fe débil, una posición de queja permanente por todo, en una carnalidad manifiesta y en una gran falta de templanza.

 

Esas son las cosas que se convierten en nuestra encomienda de que atender. Hagamos de nuestra vida una vida inmadura para que realmente estemos dando fruto al Señor en lo que él desea demandarnos.