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I.
Sumiso, cual cordero
que acompañan, camino de su propio matadero,
Avanza entre la turba sin entrañas el hombre más
sublime y verdadero.
Cargado con la cruz, no retrocede, soporta con
heroica
valentía
Las burlas que continuas se suceden haciendo
interminable su agonía.
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II.
Lo azotan, y sus labios no maldicen. Lo insultan, y
sus ojos no condenan.
Sus manos doloridas, aún bendicen a aquellos que por
El lloran de pena.
Y asciende hasta la cumbre del Calvario cual mártir,
sin quejidos ni lamentos.
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III.
Envuelven al Señor como un sudario. La sangre y el
dolor
de sus tormentos.
Lo clavan en la cruz y no se queja. Levantan el madero
y sufre horrores
Su cuerpo se desgarra,
mas El deja que el hombre le
descargue sus furores.
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IV.
¿Pero es posible, oh Dios,
tanta ceguera? ¿No ven que
aquel ser puro es inocente?
No pueden acusarlo tan siquiera de ser ante el dolor
indiferente.
Con tanta enfermedad como sanaste, ¿no hay nadie
que
con pecho agradecido
defienda tu inocencia?
¡Que contraste!
Hoy todos con temor se han escondido. Los mismos que
horas antes prometían
Su causa defender, lo abandonaron, Y ocultan su
vergüenza y cobardía
No lejos del que sufre el desamparo.
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V.
Y sigue allá en la cruz: mientras la gente le injuria
sin piedad, hieren y afrentan.
El ruega con amor al Dios Potente Que aquel pecado
atroz no tenga en cuenta.
¡Con cuánta abnegación sufre el martirio! ¡Que amor
tan sin medida está mostrando!
Soporta aquel satánico delirio Y aún ruega por los que
le están matando.
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VI.
Su cuerpo está bañado
en sangre pura, de sangre
inmaculada, redentora.
Rebosa ya su copa de amargura. Pero El aguanta
firme
aquella hora.
Contemplo aquella escena horrorizado, Al ver la
crueldad de aquel proceso.
No entiendo por qué el odio
han desatado, Ni por qué
le traicionan con un beso.
Tratando de entender, sigo
las huellas de sangre que
deja el Nazareno,
Y encuentro alrededor rostros de piedra, miradas
ponzoñosas de veneno.
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Verdugos con las caras impasibles. Soldados con coraza
en los sentidos.
Escribas, fariseos, insensibles con alma y corazón
empedernidos.
Me acerco y en mi ser siento
el impulso,
rabioso de
escupir
a aquella escoria.
Allí están, los infames que
yo acuso del crimen más
horrendo de la historia.
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VIII.
Les miro y mi sorpresa es pavorosa. Los seres que
yo
encuentro allí delante,
Me miran con sonrisa maliciosa. Y en
todos se refleja
mi semblante.
Mi cara, mi expresión,
mis movimientos. Lo mismo
que
un espejo reflejaban.
Y ahora, igual que yo, todos
a un tiempo
con gesto
retadores me acusaban.
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IX.
¡Señor! ¿Qué significa?¿por que un yugo me une en
semejanza tan terrible?
Resulta, que yo soy el cruel verdugo que esta
crucificándote ¡¡Es horrible!!
Me siento avergonzado, confundido, sl ver con
realidad
lo revelado.
El principal verdugo, sólo ha sido. La furia criminal
de mi pecado.
Mis vicios, mis pasiones y rencores, el odio, envidia,
orgullo y vanidad,
Cual lanza y clavo fueron los autores que dieron
muerte a Cristo en realidad.
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X.
No quiero yo acusar con osadía ni a Herodes, ni
Pilatos,
ni a Caifás.
Si Cristo padeció, la culpa es mía. No es noble que me
excuse en los demás.
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XI.
¿Por qué te irrita, oh mundo, el ver a veces la imagen
de
Jesús crucificado?
Tú mismo que al mirarlo te enterneces, también por
culpa tuya fue clavado.
Quien puso a Jesucristo en el madero no fueron ni
judíos ni romanos.
Ha sido tu maldad, el verdadero Verdugo de aquel
crimen tan villano.
Murió por el mortal que no merece ni amor ni
compasión
por su extravío,
Y gracias a su cruz, hoy nos ofrece perdón para el
pecado tuyo y mío.
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XII.
¿Que harás ante la gracia Redentora? Acude con el
alma
arrepentida,
Que Cristo el Salvador te espera ahora Dispuesto a
darte
amor y eterna vida.
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