Poesías cristianas

Evangelismo

El verdugo

 

 

 

 

 

 


 

I.

Sumiso, cual cordero que acompañan, camino de su propio matadero,
Avanza entre la turba sin entrañas el hombre más sublime y verdadero.
Cargado con la cruz, no retrocede, soporta con

heroica valentía
Las burlas que continuas se suceden haciendo

interminable su agonía.

 

 II.

Lo azotan, y sus labios no maldicen. Lo insultan, y sus ojos no condenan.
Sus manos doloridas, aún bendicen a aquellos que por El lloran de pena.
Y asciende hasta la cumbre del Calvario cual mártir, sin quejidos ni lamentos.

 

 III.

Envuelven al Señor como un sudario. La sangre y el dolor

de sus tormentos.
Lo clavan en la cruz y no se queja. Levantan el madero

y sufre horrores
Su cuerpo se desgarra,

mas El deja que el hombre le descargue sus furores.

 

 

IV.

¿Pero es posible, oh Dios,

tanta ceguera? ¿No ven que aquel ser puro es inocente?
No pueden acusarlo tan siquiera de ser ante el dolor indiferente.
Con tanta enfermedad como sanaste, ¿no hay nadie

que con pecho agradecido
defienda tu inocencia?

¡Que contraste!
Hoy todos con temor se han escondido. Los mismos que horas antes prometían
Su causa defender, lo abandonaron, Y ocultan su vergüenza y cobardía
No lejos del que sufre el desamparo.

 

 

V.

Y sigue allá en la cruz: mientras la gente le injuria sin piedad, hieren y afrentan.
El ruega con amor al Dios Potente Que aquel pecado atroz no tenga en cuenta.
¡Con cuánta abnegación sufre el martirio! ¡Que amor tan sin medida está mostrando!
Soporta aquel satánico delirio Y aún ruega por los que le están matando.

 

 

VI.

Su cuerpo está bañado

en sangre pura, de sangre inmaculada, redentora.
Rebosa ya su copa de amargura. Pero El aguanta

firme aquella hora.
Contemplo aquella escena horrorizado, Al ver la

crueldad de aquel proceso.
No entiendo por qué el odio

han desatado, Ni por qué le traicionan con un beso.
Tratando de entender, sigo

las huellas de sangre que

deja el Nazareno,
Y encuentro alrededor rostros de piedra, miradas ponzoñosas de veneno.

 

 

VII.

Verdugos con las caras impasibles. Soldados con coraza en los sentidos.
Escribas, fariseos, insensibles con alma y corazón empedernidos.
Me acerco y en mi ser siento

el impulso, rabioso de escupir

a aquella escoria.
Allí están, los infames que

yo acuso del crimen más horrendo de la historia.

 

 

VIII.

Les miro y mi sorpresa es pavorosa. Los seres que

 yo encuentro allí delante,
Me miran con sonrisa maliciosa. Y en

todos se refleja

mi semblante.
Mi cara, mi expresión,

mis movimientos. Lo mismo

que un espejo reflejaban.
Y ahora, igual que yo, todos

a un tiempo con gesto

retadores me acusaban.

 

 

IX.

¡Señor! ¿Qué significa?¿por que un yugo me une en semejanza tan terrible?
Resulta, que yo soy el cruel verdugo que esta crucificándote ¡¡Es horrible!!
Me siento avergonzado, confundido, sl ver con

realidad lo revelado.
El principal verdugo, sólo ha sido. La furia criminal

de mi pecado.
Mis vicios, mis pasiones y rencores, el odio, envidia, orgullo y vanidad,
Cual lanza y clavo fueron los autores que dieron muerte a Cristo en realidad.

 

X.

No quiero yo acusar con osadía ni a Herodes, ni Pilatos,

ni a Caifás.
Si Cristo padeció, la culpa es mía. No es noble que me excuse en los demás.

 

 

XI.

¿Por qué te irrita, oh mundo, el ver a veces la imagen de

Jesús crucificado?
Tú mismo que al mirarlo te enterneces, también por culpa tuya fue clavado.
Quien puso a Jesucristo en el madero no fueron ni

judíos ni romanos.
Ha sido tu maldad, el verdadero Verdugo de aquel

crimen tan villano.
Murió por el mortal que no merece ni amor ni

compasión por su extravío,
Y gracias a su cruz, hoy nos ofrece perdón para el pecado tuyo y mío.

 

 

XII. 

¿Que harás ante la gracia Redentora? Acude con el

alma arrepentida,
Que Cristo el Salvador te espera ahora Dispuesto a darte

amor y eterna vida.